Texto: Esteffan Martínez (@Steffanovskiy)

Una catábasis de asfalto, una contracorriente de smog y un sueño dentro del subterráneo.

Fui a parar a mis dieciocho años a Pantitlán, una zona marginada y con fama manchada de tinta negra y roja. La razón de mi destino en ese lugar fue que era el hogar de mis padrinos, quienes me dieron la oportunidad de vivir con ellos mientras encontraba un departamento en renta.

Afortunadamente tuve dónde vivir por primera vez lejos de casa.

Aquí da inicio mi sueño dentro del subterráneo. Ser un joven universitario lleno de esperanza y expectativas me hacía levantar de lunes a viernes a las 6 de la mañana, para quince minutos tomar la famosísima combi, llena de rostros con ojeras y preocupación.

Mi camino con baches e intermitentes hacia la estación Pantitlán era corta, como un peregrinaje hacia las fauces de un remolino de cuerpos, el cual te transporta a jaulas de siete o quince pisos. Y ahí me encontraba, dentro de la avalancha de carne y huesos más grande que haya visto, esperando el turno de asaltar los andenes y ocupar un lugar dentro de ellos. Próxima estación… Hidalgo.

Estación Hidalgo

Llego a la colonia Tabacalera, que le hace honor al nombre un puñado de periodistas vagos. Mi querida y frágil Escuela de Periodismo Carlos Septién García, que un temblor no puede derrumbar, pero que la unión de alumnos con sed de justicia puede hacerla tambalear más que las placas tectónicas.

Comienzo a nadar contra la corriente de smog y empiezo a confundir el brillo de estrellas con las luces rojas en la copa de los edificios.

Hasta este punto he navegado por las más románticas estaciones del metro y cambié mi peregrinaje en Pantitlán, por una pantanosa línea en la estación Juárez. Destilado de agave, letras, y periódicos, mi pan de cada día.

Fue en un momento de shock y horario de invierno cuando conocí a un amor de metrópoli, diferente a las mujeres de mi originario San Miguel de Allende, Guanajuato. Curiosamente, compartían una cosa en común: lo colorido. Aquella mujer de sangre chilanga me enseñó que la fotografía perfecta no la lograría en los monumentos citadinos, ni en mi querido Coyoacán, o en el revolucionario Tlatelolco, ya que, queriendo querer, y querer queriéndola, capturé las mejores imágenes coleccionando su sonrisa jocosa y sus ojos pardos. Esa efímera mujer me mostró que perderse en la colonia Roma era lo más parecido a una comedia romántica, y pasear por la Condesa era tan sublime como comerse una paleta de limón.

Lástima que el amor dure de Copilco hasta Viaducto.

Se abre el telón a mi catábasis de asfalto. Los reflectores apuntan a mis botas, esas que he desgastado con cada error. Cada paso que doy es presa de inseguridades, de temor a un sismo metafórico, o literal; cada paso que doy siento que son dos hacia atrás. Pero encontré entonces a mis verdaderos amigos, a los que se recuestan a mi lado para ver arder a la ciudad, a los que juegan baraja a medianoche y saben que morir no está en ninguna carta. Encontré personas que hacen de mi mundo de foráneo un poco más divertido.

Me he fumado quince meses y mi corazón ha aprendido que ni el tabaco o las mujeres sustituyen a la pura vida, a la buena, a esa que te hace salir a la Alameda Central en medio de la tormenta para saltar en los charcos y hundirte.

Extraño mis calles empedradas, la comida de mi madre y los consejos de mi padre; extraño lo que hace más de un año dejé atrás: sábanas calientes por camastros manchados, paredes cálidas por muros resquebrajados, una luna ávida por una nublada.

Sé que estoy volviendo loca a la ciudad, y la ciudad sabe que, en su locura, es mi flor de azahar.

*Foto de portada: Fabian Oelkers.

Publicado por lavidaencdmx

Este es un blog colaborativo donde se escribe sobre cómo es vivir en la Ciudad de México: relaciones, trabajo, amistades. Lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, contado por personas que viven, o han vivido, aquí.

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