Por: Fer Montes de Oca (@NandodeOca)

Nota del editor: “Cien años”, de Pedro Infante, puede ser el mejor acompañante para comenzar a leer lo siguiente.

Si vivo cien años, cien años pienso en ti.

Qué injusto parece que una persona que quieres mucho se vaya de este mundo sin alcanzar a conocer cómo eras en verdad.

Hoy sería el cumpleaños 77 de mi mamá Celia. De cuatro posibles abuelos que uno puede tener en su vida, a mí solo me tocó una. Y fue más que suficiente. Durante casi toda mi infancia fuimos ella y yo la mayor parte del tiempo.

Recuerdo bien su enorme casa. Comenzaba con la cochera, la sala, el gran comedor, la cocina, el patio, el chiquero -el cual, en otra época antes de siquiera yo existir, había puercos- y al final un enorme corral, a donde me mandaba a recolectar limones. Cada rincón de ese lugar tiene una historia, pero sin temor a equivocarme, puedo decir que la cocina era su lugar preferido.

Su sazón es indescriptible. Ella podía cocinar en un solo día un delicioso tatemado, platillo típico colimense, hasta tamales y un pastel de durazno. En ocasiones, la grabadora se encendía y sonaban canciones de Pedro Infante. Aún puedo cerrar los ojos y escucharla cantar “Cien años”.

No voy a contarles muchos detalles sobre cómo era vivir con ella. Solo les diré que pasé de mi niñez a la adolescencia en esa casa ubicada en Aldama 192, en Villa de Álvarez, Colima. Eran épocas agridulces, en donde fui feliz, pero también lidiaba con sus numerosos regaños, porque eso sí: Celia Urzúa Zamora era una mujer de carácter.

El día que cumplí un año mamá Celia hizo un gran pastel.

A mamá Celia le encantaba viajar. Era bien sabido que Los Ángeles, Estados Unidos, era uno de sus destinos preferidos. Tan solo se iba unos meses y regresaba diciéndole parking al estacionamiento. Por esa razón creo que le hubiera gustado conocer la Ciudad de México.

Si ella estuviera aquí, seguramente ya me hubiera visitado. La llevaría a la Catedral, a la Basílica de Guadalupe y a esa extraña iglesia que está en medio de una avenida. Como podrán darse cuenta, era una mujer muy religiosa. Cuando era pequeño, durante el docenario de la Virgen, nos vestíamos de inditos y tomábamos la ruta 13 hacia el centro de Colima, para ir a misa de 8.

Si ella estuviera aquí, la llevaría al Museo de Pedro Infante, en donde hay dos salas de cine, vinilos, pósters y atuendos que el amorcito corazón usó en sus más de 60 películas. Me hubiera encantado que proyectaran “Los tres García” o “Dos tipos de cuidado“, para escuchar juntos la pelea de coplas, donde Jorge Negrete hace un papelazo.

Mi mamá Celia odiaba las películas donde ponían a actuar a Pedro Infante como menso.

También la llevaría a Garibaldi, al Paseo de los ídolos de la música mexicana. Le tomaría una foto a lado de la estatua del inmortal… y ya si está de buenas, unas a lado de Lola Beltrán y Javier Solis. Seguramente esas imágenes quedarían para la posteridad, pues a ella no le daba pena hacer el ridículo en las fotos.

Aquí en la playa haciendo una Genkidama.

Si ella estuviera aquí, le diría que estoy bien, que vivir en la Ciudad de México me ha hecho crecer y conocer personas que me cuidan mucho, tal como ella lo hizo durante toda su vida.

¿A dónde iremos cuando morimos? No tengo idea. Pero me gusta pensar que donde sea que esté, mi mamá Celia es amiga de Pedro Infante. Big fan.

Publicado por lavidaencdmx

Este es un blog colaborativo donde se escribe sobre cómo es vivir en la Ciudad de México: relaciones, trabajo, amistades. Lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, contado por personas que viven, o han vivido, aquí.

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