Por: Miguel Bartolo (@MiguelBartoloV)

Si la memoria no me falla, corría el 2016, año de las elecciones de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México. El Papa Francisco recién visitaba nuestro País, quien era recibido por el entonces presidente Enrique Peña Nieto y el Archipiélago de Revillagigedo era declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

En aquél entonces me encontraba en la recta final de mi periodo trabajando como coordinador de Información y Documentación en la oficina editorial de un partido político de la capital. Laborar en este espacio siempre me ofreció la oportunidad de conocer la cultura popular del entonces Distrito Federal. Recorrer carnavales, mercados públicos, fiestas patronales, barrios y pueblos originarios creó en mí una seguridad -poco comprendida por conocidos- para transitar por donde fuera y a la hora que fuera, pues siempre he considerado a esta ciudad, bella, amable y atenta.

Este espíritu viandante un día me cobró factura. Luego de una jornada como cualquier otra, me dispuse a salir de la oficina. La tarde se despedía y la noche poco a poco cubría mi andar por Puente de Alvarado, relativamente cerca del Monumento a la Revolución. Llegué a la esquina con Rosales, donde el ritmo de una canción al interior de un bar me llamó tanto la atención que decidí entrar para preguntar por el nombre de la misma. 

Al ingresar, me encontré con una banda tocando en vivo, poniendo ambiente a un lugar semi lleno, en su mayoría hombres adultos y adultos mayores, jugando dominó como se acostumbra, muchos de ellos ya entrados en copas y fumando aún cuando la ley lo prohíbe.

Me acerqué a un hombre y le pregunté por la canción, inmediatamente me libró de mi duda y felizmente me dispuse a salir del lugar. Paso siguiente cometí lo que hasta el momento sigo considerando un grave error que no pienso volver a cometer. Saqué mis audífonos y los conecte a mi celular, busque la canción recién descubierta y comencé a escucharla mientras bajaba por las escaleras de acceso al metro Hidalgo. 

“mi espalda chocó contra la pared, inmediatamente advertí un cuchillo oxidado”

Quienes transitan regularmente por esa estación conocerán el desagradable olor que te recibe al pasar por los túneles de la estación. No fueron más de cinco pasos los que di cuando el olor pasó a segundo plano, por la presencia que sentí a mi lado derecho. YAo en ese momento tenía una mano en la bolsa donde estaba el teléfono, mi espalda chocó contra la pared, inmediatamente advertí un cuchillo oxidado, que estuvo tan cerca de mi cuello que mi única reacción fue la de detener la muñeca que lo sostenía con mi mano disponible; la otra era jaloneada. 

Por un instante vi a los ojos al asaltante, por su mirada puedo apostar que era más joven que yo, muy delgado, más bajo y con mucha inseguridad de lo que estaba haciendo. Sin pensarlo lo empujé con todas mis fuerzas quedando a tal vez un metro de distancia, corrí hacia los torniquetes de la estación y él hacia las escaleras. 

Todo el camino de regreso a casa fui pensando en la situación, las piernas me temblaban y el corazón no dejaba de palpitar con fuerza. Sin dudarlo le hubiera entregado mis cosas, pero la situación estuvo incluso fuera de su control.

“Hasta el momento sigo caminando por cualquier calle de CDMX, pero mi única regla es nunca usar audífonos en la calle”

Hoy que lo recuerdo me siento impotente ante los grandes problemas de México. Muchas personas son orilladas a estos actos por un sistema que no les ha dado cabida a todos, el entorno en el que crecemos y la exclusión educativa muchas veces no nos deja más posibilidades.

Hasta la fecha sigo caminando por cualquier calle de la Ciudad de México, solo intento tomar mayores precauciones y mi única regla es nunca usar audífonos en la calle.

Publicado por lavidaencdmx

Este es un blog colaborativo donde se escribe sobre cómo es vivir en la Ciudad de México: relaciones, trabajo, amistades. Lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, contado por personas que viven, o han vivido, aquí.

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