Por: Alexis Otero (@alxog_)

He vivido desde que nací en esta maravillosa ciudad y hace unos cuatro años descubrí es sus calles una de mis mayores pasiones ahora: correr. 

Me he dedicado a alimentar a ese monstruo entrenando principalmente al sur de la urbe. El Bosque de Tlalpan es mi santuario de devoción aunque también frecuento mucho los circuitos de Ciudad Universitaria. No pertenezco al bloque elite de atletas (los que compiten por los primeros lugares en las carreras) pero admito que siempre he sido un poco intensa y cada que me inscribo a alguna competencia me pongo el dorsal (número en el pecho) de mis propias marcas personales.

El unicornio rosa de casi todo corredor

La CDMX lo tiene todo, y sí, también puede presumir que tiene el mejor maratón de Latinoamérica, que a su vez tiene un dignísimo noveno lugar dentro de los mejores a nivel mundial.

“Si iba a correr durante cuatro horas non stop tenía que ser en el asfalto de la ciudad que mejor conozco”

En 2016 decidí que había llegado el momento de salir a cazar mi primer unicornio, eso con lo que muchos corredores soñamos, el maratón. A diferencia de muchos, otros igual de locos que yo por correr 42K, no consideré la posibilidad de viajar a otra ciudad o país para hacerlo, creí que si iba a correr durante cuatro horas non stop tenía que ser en el asfalto de la ciudad que mejor conozco.

Después de cinco meses de preparación (otra historia digna de contar) llegó el tan ansiado día, 26 de Agosto de 2017.

La hazaña iniciaría saliendo del bellísimo Zócalo de nuestra capital y terminaría con una entrada triunfal en la meta del Estadio Olímpico Universitario. Me despedí de mi familia y me metí a mi corral de salida ubicado sobre la emblemática Av. 20 de Noviembre. 

Ya ahí estaba completamente rodeada de extraños, pero en un pequeño instante inexplicablemente sentí como si las luces y los muros de los edificios de la plaza nos hubieran tomado a todos en un abrazo gigantesco para acercarnos y que pudiéramos reconocernos en un solo espíritu. Mi corazón casi estalla al escuchar el disparo de salida.

Un largo y sinuoso camino

La primera parte del recorrido del maratón es un viaje arquitectónico entre la modernidad y lo clásico. Me llenó de nostalgia en cada zancada, el Palacio de Bellas Artes, Garibaldi, Tlatelolco y después Reforma con sus imponentes edificios y museos desenterraron mis recuerdos mejor guardados para proyectarlos como una cinta fotográfica en mi mente.

Sentí como cada centímetro de mi piel se erizaba al imaginar a todas esas personas con las que compartí momentos especiales en esos lugares, algunas de ellas ya no están presentes en mi vida, pero su huella estaba ahí, como una impronta intacta al tiempo. No era yo la que conocía la ciudad, era ella la que me demostraba que sabía todo de mí y que podía llegar a la parte más profunda de mi historia. 

Mis primeras lágrimas salieron al entrar en las calles de Polanco y ver familias completas en las banquetas o asomándose desde sus ventanas sosteniendo pancartas con frases conmovedoras como todo México está contigo, te admiramos. Quizá en el fondo muchas más personas de las que imaginé han soñado con correr un maratón, te llames runner o no está ahí como una de las cosas que uno piensa que tiene que hacer en la vida al menos una vez, para dejar de ser por un momentito una persona ordinaria.  

“Era la ciudad la que me demostraba que sabía todo de mí y que podía llegar a la parte más profunda de mi historia” 

Nunca me ha gustado el mariachi (perdón si parece ofensivo) pero cuando estuve de frente al Museo Soumaya y el mariachi sonaba con todo su esplendor me hizo vibrar como nunca, era una gran fiesta en la que todos gozábamos.

En el 14K casi sufro un accidente grave, apenas pude reaccionar para esquivar a una chica que tropezó con un enorme bache sobre Mazaryk, tampoco pude detenerme para ayudarla. En los puestos de control y abastecimiento ya había algunos lesionados, aún no llegábamos ni a la mitad del trayecto pero muchos ya sufrían los estragos de un reto sobrehumano.

Si no te preparas lo suficiente para someter a tu cuerpo a un episodio de estrés tan grande la factura llega pronto, si lo haces conscientemente siempre estarás expuesto a cosas ajenas a tu control. Me sentí afortunada de no estar en ninguna de esas situaciones.

Maratón en CDMX 2019. Foto: Carlo Echegoyen.

Los famosísimos corredores de chocolate (los que no completan todo el recorrido) salían de a montones de varias estaciones del metro para incorporarse en diferentes puntos del trayecto.

Esa es la parte vergonzosa del maratón de Ciudad de México, el esfuerzo descomunal de toda nuestra metrópoli para albergar un evento tan importante a nivel mundial para algunos representa el mínimo compromiso. Sentí rabia porque aunque sé que no todos vemos esto de correr de la misma manera, para mí ha sido una relación en la que me han exigido casi nada (ponerme unos tenis y salir a trotar) pero a cambio me han dado todo, (algunas de las más grandes satisfacciones y aprendizajes hasta ahora en mi vida).

Completé de muy buena forma la media maratón (21K), aunque mi entrenamiento había tomado aproximadamente cinco meses previos en realidad parecía que me había preparado para esto desde el día uno en que empecé a correr. 

Recorrer el Bosque de Chapultepec es un regalo maravilloso, pero hacerlo como parte del maratón lo hace aun más especial. Es como encontrar un oasis en medio de un desierto caótico de asfalto, eso sí, los adoquines son una tortura. Al salir de ahí comencé a sentir mucha desesperación por llegar al 30K (cerca del metro Sevilla) en donde vería a mi madre.

Ahora sí, mis piernas empezaban a darme señales de desgaste; el sol era abrasador, el calor del pavimento se sentía como una plancha en los pies y necesitaba agua helada para anestesiarme los músculos y disminuir un poco el ardor en mis rodillas.

En este punto mi mente poco a poco colapsaba, ver a mi familia y amigos fue el mejor placebo.

El verdadero maratón comienza en el 35K

Mi hermano menor sería mi rabbit (corredor que marca el paso) los últimos 12K con la intención de jalarme y que mi ritmo de carrera no decayera de forma tan dramática. La Condesa era un verdadero carnaval, todos los restaurantes estaban abarrotados de gente mirándonos y gritando al vernos pasar, muchos otros sobre las banquetas nos ofrecían todo tipo de snacks, la generosidad de todos era impresionante, pero sobre todo la empatía. Todo mundo reconoce el encanto del maratón pero sobre todo la agonía y el dolor que causa a quien se atreve a enfrentarlo. 

A partir del 35K corriendo ya sobre Av. Insurgentes Sur perdí el control de mi cuerpo, principalmente de mis piernas y brazos porque se movían solos por inercia y los pasos laterales para esquivar a otros corredores que ya iban prácticamente caminando desencadenaban un dolor desgarrador. La lucha no era solo en el pavimento sino también dentro de mi cabeza, una voz me suplicaba sin parar detente, ya no puedes más.

Detenerse nunca es una opción cuando se trata de un maratón, en cuestión de segundos los calambres me llevarían al suelo y todo se terminaría ahí.

“Mis piernas y brazos se movían solos por inercia”

Si existe una palabra en el diccionario que describa con precisión maratón probablemente sería despiadado porque no duda en llevarte al límite de lo físico y psicológico.

Con lágrimas en los ojos le dije a mi hermano que pensaba detenerme, él viéndome fijamente me respondía ya casi llegas a la meta, tú puedes contra esto y más. Usé sus palabras como un mantra para seguir luchando contra lo que en la jerga de los corredores conocemos como el muro (bloqueo mental y físico), tomé aliento y seguí la marcha. En esta última parte del recorrido la gente desbordaba la avenida reduciendo considerablemente el carril por donde corríamos, mi hermano seguía abriéndome el paso cuando de repente escuché la voz de un hombre que vio mi nombre en mi dorsal y me gritó ¡venga Alex ya llegaste! (otra vez las lágrimas).

Los últimos kilómetros de un maratón se corren con el corazón, no con las piernas

El tiempo parecía haberse desdoblado, los minutos parecían horas y los kilómetros se volvieron interminables pero al ver en el horizonte la entrada al Estadio de C.U. no podía contener mi emoción, mi padre me estaba esperando pasar y no pude evitar llorar (de nuevo) al verlo. En el túnel de salida a la pista de tartán del estadio se proyectaban las siluetas de unos guerreros prehispánicos danzando al ritmo de caracoles y tambores, me quedé sin poder pronunciar palabra alguna, mi garganta estaba hecha nudo. 

¡Alexis lo logró!

Llegué a la meta llorando, levanté mis brazos con la poca energía que me quedaba y ahí entendí que la ciudad me había hecho un llamado, me había elegido a mí para conquistarla y yo a ella como en un acto de amor mutuo. 

A veces las ciudades nos eligen, no nosotros a ellas

Las ciudades que conocemos guardan nuestros más profundos recuerdos y sueños, cada que nos sentimos perdidos nos eligen para reencontrarnos porque somos todos esos sitios donde hemos amado, sonreído y también llorado.

El maratón llegó a mí vida en un momento personal difícil. Correr 42K por primera vez y en la Ciudad de México me hizo darle una nueva perspectiva a mi vida y a los límites que hasta ese momento me había puesto en muchos sentidos.

Mi tiempo oficial fue de 4h con 18 min y cuatro años (los mismos que llevo como runner).

Este 2019 corrí mi tercer maratón en CDMX, antes dar paso a una nueva meta: colgarme una medalla en otro país o quizá ir ahora por un ultramaratón.

Las primeras veces tienen que ser historias dignas de contar, pero sobre todo siempre he creído que una de las satisfacciones más grandes en la vida es que seamos capaces de inspirar a alguien cuando hacemos algo que nos apasiona.

Si alguien después de leer esto decide correr su primer maratón entonces mi principal propósito se habrá cumplido y si no es así entonces quisiera al menos hacer que te preguntes, ¿qué maratón estás corriendo ahora? porque en sí, la vida ya es como correr uno.

*Foto de portada: Carlo Echegoyen.

Publicado por lavidaencdmx

Este es un blog colaborativo donde se escribe sobre cómo es vivir en la Ciudad de México: relaciones, trabajo, amistades. Lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, contado por personas que viven, o han vivido, aquí.

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